Galya

Y fue entonces cuando Nando cayó en la pagada cuenta de que el ángel del amor moraba en el infierno.

Allí mismo se encontraba, en su querida playa de la Barceloneta donde tantas noches pasó explicándole a Galina, su amada Galya, historias reales como inventadas de viejos marineros. Ahora, mientras la esperaba, era Quique quien acudía a la aciaga cita para explicarle que la bailarina trapecista no acudiría al encuentro, pues se corrió la voz de que abandonó la ciudad antes de que el Circo Ruso acabara la temporada. Nando le escuchaba exánime, miró a la luna, y le pareció canina. Se acercó a la orilla y arrastró la barca, todavía en el agua, hasta dejarla en tierra firme.

Su amigo narraba los detalles del suceso relacionados con la desaparición de Galya mientras él sacaba el cajón de la barca donde se encontraban los peces muertos y lo lanzaba a tierra. Aquella noche, no doraría su pesca al calor de su encendido verbo en los merenderos de la playa ni escucharía las historias de Galya de cómo huyó de una revolución, que se les antojó rusa, haciendo equilibrismos sobre las olas del mar.

Quique miró consternado a su amigo cuando éste se alejaba de la playa, sabía a dónde se dirigía. Lo que nadie sabía, en aquella primera hora de la noche, era que Galya, realmente, fue asesinada. Todo se descubrió más tarde.

Nando llegó a la carpa que montó el Circo Ruso con el corazón seco. Una vez dentro buscó a la bailarina, pero sólo encontró la confirmación de cuanto su amigo le relató. Por fin encontró a Nikolay, el compañero trapecista de Galya, y éste no hizo más que corroborar la historia de Quique sobre la supuesta marcha de la rusa. Él no le creyó, pues desde que lo conoció, supo que el ruso amaba a Galya, por lo que pensó que le ocultaba algo. Nando le odiaba. Ardía de celos cuando veía a la pareja en el trapecio al son de la Katiusha, mientras Galya flotaba lejana en la otra orilla de la profundidad que les distanciaba, y entonces, soltaba su columpio entregándose a la mano de Nikolay en un intercambio de infinita confianza tan necesaria como ciega. Pero lo que más asfixiaba su corazón era cuando ella le explicaba que mientras se ondeaba en el aire, el resto del mundo no existía, como si buceara un mundo de branquias y escamas para él inaccesible. Nando supo entonces que nunca sería suya, que le pertenecía al aire, a las olas, al éter.Galya ignoraba la desazón que su baile producía en él. Así fue como la conoció. Más tarde, le habló por vez primera en un merendero de la playa, en el mismo dónde su amigo le anunciaba su inesperada partida.

Salió de la carpa dispuesto a encontrarla. Corrió hasta los Baños Orientales, el Mercado Municipal y la iglesia de San Miguel donde tantas veces estuvo con ella. Arpegió las cuerdas vocales de lugares y rincones por los que pasearon juntos un amor que, sabiéndose caduco, se veía reforzado por la imposición del imposible, mas no obtuvo respuestas que le apaciguaran las entrañas. Alentado por la misma esperanza que le consumía, se dirigió a la playa con la vana esperanza de encontrarla, de que todo fuera un mal sueño.

Cuando Quique se acercó a la carpa en busca de su amigo, encontró en la puerta policías y curiosos. Escuchó con atención las voces que procedían de dentro, y fue entonces cuando supo del asesinato de Galya. Se obsesionó por encontrar a su amigo, pues debió llegar al circo antes que él. Convencido de que Nando ya conocía el fatal desenlace, Quique se desesperó por encontrarlo para evitar otra desgracia, sabía lo mucho que Nando amaba a Galya.

Sentado en la arena, Nando lloraba al recuerdo y a la incertidumbre con la cabeza entre los brazos. Alternaban su mente, la melodía de la Katiusha con la cadencia del porqué y la intransigencia de la duda. La Katiusha ganó la partida, hasta el punto de que acabó por hacérsele audible. Levantó la cabeza siguiendo la estela que desplegaba la música. Pensó que enloquecía, pero cuando alzó la vista hacia las olas y vio a Galya rielando sobre ellas, comprendió que ella ya no era de este mundo, pero no le importó, pues nunca lo fue. Se levantó de un salto y pisoteando la arena, corrió a buscarla mar adentro.

Quique lo contemplaba desde cierta distancia sobrecogido de temor. Rivalizando con la locura de Nando, vociferó angustiado su nombre; pero, estando la llama de la insensatez tan encendida como estaba, él no se detuvo y siguió nadando. Quique se tiró al agua para detenerle, nadó tras él hasta que lo perdió de vista. Salió del agua maldiciendo su desventaja y a la locura, y sobre las mismas lágrimas de Nando, que ya salaron la arena, dejó caer las suyas por la muerte de su amigo. Desde aquel día, cuantos supieron de aquel suceso, contemplan el mar y toda su espesura, como un generoso manto capaz de cubrir los delirios de los enamorados.

En la Agenda del Olvido

Todos le recordamos como un tipo jactancioso. Se regodeaba cuanto podía de sus conquistas amorosas, también de las que figuraban en su amplio repertorio casi novelesco. El día en que vio a Clara, un amor de juventud, fue el último día que se supo de él.
Le vieron aquella mañana corriendo por la calle hasta detener a una mujer, nadie se sorprendió por ello. Era Clara. Debió verla pasar desde la ventana, pues cuando salió de su casa a toda prisa, fue directo hacia ella. Dicen que primero, gritó impaciente su nombre. Cuando ya le hubo dado alcance, la tomó del brazo; pero el destino, a menudo, insensible al reclamo de los caminos anteriormente transitados, no actuó en su beneficio.Clara le miró de arriba a bajo, se detuvo en sus zapatos, volvió hasta llegar a su cara. Se supo más tarde que ella no le recordó. Él la soltó del brazo mientras miraba horrorizado cómo se alejaba a la intransigente velocidad de la amnesia. Unos días después, fui con un amigo a su casa a verle. Quisimos averiguar personalmente si era cierto que Clara ni tan sólo le recordó. Reconozco un cierto grado de placer en verle humillado por una vez, pero lo que más curiosidad me causaba, era escuchar su propia versión de los hechos. Esperaba un giro completo sobre lo ocurrido, imaginaba su aire de autosuficiencia. Cuando llegamos a su casa, nos sorprendió que la puerta estuviera abierta. Entramos, todo estaba desordenado, los libros fuera de sus estanterías, la lámpara de la mesita del teléfono estaba en el suelo y a su lado una agenda. Yo mismo la tomé del suelo y vi que había quedado abierta por dónde aparecía el nombre de Clara. Pero lo que realmente nos sobrecogió fue la pared blanca, entonces fue cuando comprendimos la desesperación de nuestro amigo al comprobar que Clara le había olvidado. Debió sentir que traspasó alguna suerte de barrera que le trasladaba a algún lugar ignoto . En aquella misma pared, en la pared blanca, había escrito su propio número de teléfono, y como si se hubiera intentado redimir del implacable fallo dictado por el olvido, anotó en grandes letras rojas: “Pasó por tu vida Miguel”. Debajo de las letras encontramos sus zapatos.

Al Otro Lado

Interrogaba yo a la noche sobre los bucles de la vida.
¿Quieres respuestas certeras? -me dijo- Revisa pues tu biografía. Y si el alma te duele, si el alma te acusa, reflexiona sin huir. Considérala, pero sin plañirla.
-Háblame, Noche; pero, mira, que tú por corazón tienes impasible luna, y el mío rojo late.
– Por densa que sea la red que entreteje cuanto suceda -contestó- por perecederos los convenios rubricados con la eternidad. Por mucho que la tiza que raya tu muro sangre tras un día cansado de lluvia o por instalada que te sientas en fosos de amargura; sabe, que de crisis profundas deviene progreso, cediendo así el tiempo paso a nuevas y más livianas entregas.
Calmados quedan los temporales por la inercia de la vida, y con empeño de aprendiz, delineamos senderos de trazados suaves e infinitos – resolvió la noche como en diván de psiquiatra-.

28/04/2011

Els Murmuris de l’Absènsia

El marruqueig dels coloms, palpitant als bucarols del mur de l’església, va arrabassar l’alegria de la nostra llar. Emparats pel dret que dóna el silenci a ser trencat es van alçar com a sobirans del ambient familiar; i com el pitjor dels robatoris, ens van trair portant-se la pau que ells mateixos simbolitzaven. Nosaltres ho vam permetre.
Viuré per sempre amb el fred d’aquella glacial primavera, quan el pare va desaparèixer.
-Quan el pare va desaparèixer- Va repetir la Marta tancant el diari d’en Pol mentre s’eixugava els ulls-.
La lluna, generosa amb la fervència despuntada per l’aurora, li va cedir el pas a un sol lluent que apressat entrava per la finestra de la Marta.
Molts mesos havien passat des de l’última vegada que la Marta trepitjar l’habitació d’en Pol, però l’estrany somni d’aquella nit l’hauria de conduir a la claredat d’un nou dia. El rellotge amb el que havia somiat, viu a la seva memòria, l’antic rellotge d’esfera blanca; l’havia de trobar.
Records de la infantesa, cartes dels avis que el temps les va voler grogues, ombres d’antigues baralles; tot era a l’habitació d’en Pol. En aquell racó de la casa marrucaven els coloms de l’església amb la insistència de la desperada absència.
La porta de l’habitació d’en Pol era tancada. Aquell matí el vent bufava amb força. Abans d’obrir la porta la Marta va sentir colpejar la finestra de l’habitació que era oberta. Es va cordar la jaqueta, va deixar anar els cabells que portava recollits per tal de tapar-se les orelles i va entrar. L’habitació era immensa en quietud. A l’últim prestatge de la estanteria hi havia un munt de caixes recollint el misteri de l’estada. A la Marta sempre li havien divertit les caixes del seu germà. Lletres gòtiques etiquetaven sobre la festivitat del color el secret d’aquelles caixes. Però per la Marta les etiquetes a les caixes eren com el nom a les persones: només saps el que hi ha quan mires a dins.
Al costat de l’armari hi havia una escala de fusta que en Pol sempre havia fet servir per arribar als últims prestatges. La Marta es va enfilar i començar a obrir caixes per trobar el rellotge amb el que havia somiat la passada nit. Va ser a les hores, quan va trobar el diari del seu germà. El va agafar escales a vall, i va seure al llit.
-Quan el pare va desaparèixer -va continuar llegint- La mare ha emmudit per sempre coberta d’indiferència davant la vida. No sabem res del pare. No sabem què va passar el dia que no va tornar. Però la casa és freda com la xemeneia flamejant del retrat familiar.
En aquesta època de l’any els coloms es fan insuportables, més que mai. Oh el pare! Perquè compraria la casa al costat de l’església, mai l’havia sentit tant aprop.
De quines substàncies es composaran els primers moments quan arribem a la vida, jo pregunto. Quan ens tallen el lligam amb la persona que més ens estimem, l’única que necessitem. Pot ser de la matèria imperceptible que intenten traspassar cada una de les meves passes quan camino pel carrer, i que tant m’ofega. . M’asfixia. Bé pensat, l’aire només és imprescindible pels que necessiten viure. La Marta, nineta dels meus ulls, com m’agrada veure-la quan torna del col·legi, impacient per explicar-me els seus jocs. La mare, les meves germanes, el meu salari; haig de viure. A veure si demà em sento amb més forces. El llum de la cuina ja no pot esperar més, qualsevol dia caurà, i tindrem una desgràcia.
Era un dia trist per la família.
La Marta va tancar el diari quan va sentir a la mare sortir de la seva habitació, quasi bé no sortia mai. Era l’hora de dinar, i la mare volia dinar aquell dia amb la família. Va ficar corrent el diari a sota del llit. La finestra, feta malbé, es va tornar a obrir sola per la persistència del vent, però a la Marta ja no li va donar temps a tancar-la. Obrint la porta amb molta cura per no ser sorpresa, va sortir de l’habitació, però amb les preses, va deixar la porta mig oberta; i es va dirigir cap a la cuina per ajudar a la mare a posar la taula.
Quan va entrar a la cuina es va trobar amb la seva germana gran servint el dinar. La taula ja estava posada. La mare va seure presidint la taula. Les filles una a cada banda de la taula. A les hores, van picar a la porta, i la Marta es va aixecar. Quan va obrir la porta la força del vent va crear corrent amb la finestra oberta de l’habitació d’en Pol; i com els nets que celebren l’aniversari el mateix dia que els seus avis treien a la memòria les passades generacions, també el destí, contra el que de vegades no lluitem, correspon fent coincidir la desgràcia. El llum de la cuina va començar a trontollar fins despenjar-se sobre la taula. Tot just aquell dia. Les tres es van quedar torbades de mort.
-Llum maleït- cridar la mare- A qui més li trauràs ara la vida. No t’han portaràs a cap altre dels meus fills.
La Marta va córrer escales amunt a l’habitació del seu germà. Va veure la porta oberta, i entrant cap a dins, tancar la finestra amb força. Sentia que havia traït la memòria del seu germà. Va sortir corren de l’habitació tancant la porta amb la fermesa del últim adéu.
L’església semblava dins la casa.

01/03/2011

“Nits de Moscou”

Fa molts anys que van succeir els fets que em disposo a narrar; però vull explicar-ho per si de cas es trobés aprop el nostre protagonista, i ens volgué treure de dubtes. Si és així. aniria bé que ens expliqués si finalment, li va posar un nom al seu destí, en el cas hipotètic de que aquesta fos la seva missió a la vida. Pot ser ell tampoc ho sàpiga, o no encara. Diuen que les presses mai són bones.
Sota la llum tènue de la freda habitació el músic tocava una vella melodia que provenia de l’oblidada època de la felicitat.
Brillaven molt alts els llums al saló. Les estovalles blanques vestien les taules rodones donant-li elegància a la sala, i a sobre d’aquestes, destacaven lívids uns lliris que esperaven l’agonia del centelleig d’unes espelmes que proclamaven el final d’una llarga i alegre nit. A l’esquerra d’on quedaven les taules sonava l’orquestra, de vegades alegre d’altres melancòlica, però sempre donant-li calidesa a les nits de divendres.
Aquella tarda, en Pavel va sortir de l’habitació que tenia llogada en un barri cèntric de la ciutat on ell vivia. Va adreçar el seus passos cap el local a on tocava el violí. En arribar a la porta, es va trobar amb el gat del porter, es va aturar en sec i el va mirar amb cara de fàstic. Odiava als gats. El va intentar espantar, però el gat ja el coneixia, i ell no gosava de acostar-se gaire. Va esperar una estona fins que el gat va marxar. Desprès de tancar la porta darrera d’ell va pujar les escales de marbre amb pressa. Li agradava comprovar que el seu violí estigués afinat, i tot i que ja s’havia assegurat abans de sortir, sempre l’inquietava tocar davant d’ella, es deixava l’ànima per tal de complaure-la.
Al final de les escales, va trobar la porta del camerino tancada, una porta gris de ferro, freda. Va relaxar la seva respiració en comprovar que els altres musics encara no hi eren. Li agradava arribar abans que ells. Fugia de les bromes i del soroll que feien els seus companys. Ell i el seu violí, com el nuvi que espera despullar a la núvia en l’intimidat primera, eren altres temps. La habitació estava fosca, i després d’encendre la llum, va deixar la caixa on descansava el seu violí a sobre del sofà que quedava a sota de la finestra. El va treure, i agafant el arc, es va assegurar de que sonava tant bé com abans de sortir. Va començar a assajar fins que van arribar els seus companys.
A la sala l’ambient era festiu, tothom conversava animadament. Quan els comensals havien segut, els cambrers servien els plats. Mentre, tocava l’orquestra posant-li música de fons a les converses dels convidats, pels quals passava desapercebuda. Per això li agradava a en Pavel que la seva actuació fos l’última, el silenci de la sala li feia sentir important.
En acabar de sopar començava el vall, i era a les hores, quan la banda musical cobrava protagonisme. Així transcorrien les primeres hores. Quan la gent començava a descansar del vall els musics tocaven cançons més suaus, fins que sortia en Pavel amb el seu violí per acomiadar la vetllada. Era en aquells instants quant tocaven “Nits de Moscou” i quan ell començava la seva tímida recerca, entre el que li semblava una gran multitud. La buscava a ella. El cor li palpitava amb vehemència fins trobar-la. Aquells cabells rosos, els seus ulls blaus, el compàs que portaven els seus llavis quan entonaven la seva cançó portant el ritme del violí, com li agradava. Ell també cantava, però només li estava permès fer-ho amb el cor, mai se l’ha acostava. Les imposicions que sovint ens fem sense saber perquè, paguen aquest tipus de preus.
Caminava amb mirada adolescent cap a la humitat de la seva habitació, cap a la seva solitud, el seu tancament diari; recordant com s’havien trobat les seves mirades. Somiava. Aquella nit li havia semblat especial.
Anava tant dispers en els seus pensaments, que no s’han va adonar del camí que havia pres per arribar al seu allotjament, quan de sobte, va aixecar al cap i se’l va trobar de cara, era el número dotze del carrer paral·lel que ell sempre agafava. L’hi horroritzava aquell número, va continuar la resta del camí tot amoïnat, aquell no era un bon senyal, el número dotze, per ell, mai ho era. Tot li feia por a en Pavel, els passos definitius. Patia, però no entenia que el que realment li agradava era aquella forma de vida. Por a tot, però mai a la mort.
Una nit desprès del ball, va sortir en Pavel amb els musics a tancar la vetllada. Quan van acabar de tocar “Nits de Moscou” el seu violí encara sonava, com si fos el ressò de la seva ànima, que li transportava a la seva pàtria tan llunyana en el tems; i ara a ella, igualment distant. Els musics se’l miraven. Primer, va buscar els seus cabells rosos, i quan es va trobar amb els seus ulls va començar a cantar. La seva veu potent va paralitzar a tota la sala, va deixar el violí al terra i es va dirigir cap a ella, es va posar davant fins acabar la seva cançó.
Aquesta història, la va sentir en Pavel d’un amic músic quan encara hi era a Rússia. Entre risses i alcohol el noi li va explicar com s’havia obsessionat amb aquella noia, que no va tornar a veure desprès de haver-li cantat. Quan va marxar del seu país, el nostre violinista buscava entre les dones que hi havia a les diferents sales a on ell tocava, una noia rosa d’ulls blaus. Cada dia era una diferent, cada divendres el mateix local, però mai tornava la mateixa noia.
Tret dels músics, testimonis exclusius de la seva existència, ningú més li acompanyava a la seva vida. “Nits de Moscou”, l’única cosa que es repetia.

03/01/11

Mirábamos al Sol

Resplandecientes y doradas, al tacto aterciopeladas; pero viles rejas.
Rememoro aquella mañana. Ardían en mi interior palabras vedadas que sajaban mi garganta. En el banco sentadas, tu puño se entregaba al cautiverio de tu otra mano libre y nerviosa, mano que retorcía signos de interrogación. Aquellos ojos suplicantes desdeñaban mi secreto, pero cómo silenciar las entrañas del pensamiento cuando mi corazón bombeaba alaridos. Te agostó la luz, proscrita luz, pero el paso de los días la tornó en vida. Qué difícil resultaba todo cambio teniendo al mundo en contra, al mundo entero, sí ¿Acaso hay otro más, que el que la piel de uno habita? Pero obramos nuestra libertad, antagonistas de aquellos poderosos vapuleados por nuestro descontrolado ariete, que sumaba valor en torno a la precariedad de la siniestra resta con la que nos subyugaban. Cuantas risas en torno a ellos, sobre la superficialidad de nuestros tacones, alzadas en la supremacía de la indiferencia. Izamos una bandera individual, les vomitamos nuestro “no pasarás” ¿Recuerdas su perplejidad? Les arrojamos a la cadena de la igualdad como a simples peones ; pero sintiéndose inferiores nos condenaron al ostracismo. Los fuertes se deleitan en la asimetría.
Llamaron a la puerta una noche, en la hora más fría del alma. Eran gentes procedentes de un rincón de la infancia, bajo sus ropas, cargaban nuestro mismo tatuaje, cuño de idéntica profundidad; pero perfecto revulsivo para lanzarse al mundo aun pareciendo niños de cristal. Cada uno de ellos, pagó un alto precio, marcado está en su mirada. Contemplo al perseguido mirar hacia atrás, el heredero del porrazo de posguerra agacha su cabeza más de lo que él quisiera, el libre sigue buscando sin cortapisa que le cercene.
Nosotras nos perdimos el rastro en la oscuridad de aquel nuevo amanecer. Pregunto a nuestros conocidos por ti, pero sólo por dentro, de antemano sé la respuesta: el brillo del mismo estigma, búsqueda infructífera de las ganancias de un robo.

08/12/2010

Hojas de Ceniza

Despedazaste mi alma con tu llanto. Estruendo mudo. Los oídos de la razón cegaron ante los signos.
A la pureza cristalina de un río se acercó el amor a lavar su rostro, y siendo como fuiste perturbado por él, te pareció ver en ella el reflejo de tus ojos.
Miraste hacia lo alto con la misma devoción del súbdito hacia su púlpito, para tarde comprender, que cuando el amor no se encuentra en línea recta con el horizonte con dureza ejerce su tiranía. Gustaste cada uno de sus férreos eslabones.
Si hubieran apercibido tus sentidos la evanescencia de Dafne, si a la medra de sus hojas te hubieras enfrentado, tal vez ahora rozarías apenas las yemas de sus dedos ¿O no recuerdas cuándo ya el viento agitaba sus ramas?
Ofrecías dedicación completa, como el obrero que come pan seco y membrillo reserva a sus vástagos. Por eso sufres y el  entendimiento perece.
Errante caminas, “sin alforjas ni vestiduras”, junto al caracol que merodea el húmedo asfalto verde. Te enlutas en tu retiro creyendo detener el tiempo. Si acaso comprendieras que la frontera del duelo es tu cuerpo, que el ser perdido es un extraño, libre para sus celebraciones, para sus tormentos: arrancarías con tus labios la mismísima flor del cactus.
Otoño de hojas recién caídas, recuerda la lozanía de tu fruto. No te doblegues ante la rugosa madera de su efigie, esbozos de giro copernicano que atenúen la dureza de su látigo. Rompe con tu aislamiento, con tu silencio.

El silencio roto, ya no es…

09/11/2010