Presentación en Casa del Libro 20 de julio de 2019

El sábado pasé una tarde muy especial con Virginia Alvarado y con José Ramón Vera Torres, en la presentación de nuestras obras. Si hubiera contado las horas que he pasado, a lo largo del tiempo, entre los libros y por los pasillos de la Casa del Libro de Paseo de Gracia, seguro que me sorprendería, pero en esta ocasión volví a la librería para presentar «La tercera sala». Muchas gracias a todos los que vinisteis y a quienes me escribisteis dando vuestro apoyo, también a Iván Alvarado por acompañarnos en la mesa y a Sergio Bonavida Ponce por la fotografía.

 

Una habitación ajena

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Editorial: Verticales de bolsillo
Páginas: 297
Fecha de publicación: Junio 2008

Sabido es de todos que el grupo de Bloomsbury no se componía de poetas moribundos callejeando por las calles de París ni de escritores ebrios que desahogaban sus penas en hoteles de carretera. Los de Bloomsbury, por el contrario, renombrados intelectuales, ya en su época, fueron conocidos por la prodigalidad en sus comidas y en sus cenas, por sus incansables juegos amorosos y de té, amenizados por la aristocracia, y por los rumores que entretenían a sus criados, que para que el servicio murmure, primero, hay que tenerlo.

Con estos antecedentes y con ciertas reservas, las propias de un título que, a modo de reproche, toma como base el de otro libro escrito por Virginia Woolf, abordé la lectura de esta obra, dispuesta a descubrir la cara oculta de la autora de «Una habitación propia», pero me llevé algunas sorpresas.

 La protagonista del diario fragmentado que aparece en «Una habitación ajena» es Nelly Boxall, mujer inteligente, pero incapaz de aceptar el papel que, en su tiempo y por desgracia, le tocó vivir, no sólo por su condición femenina, también por su pertenencia a una clase social atravesada por la pobreza especialmente al llegar a una fase avanzada de la vida.

Y ya en el primer fragmento, cuando Leonard Woolf invita a Nelly Boxall y a la hospiciana Lottie Hope a pasar al salón para entrevistarse con Virginia Woolf, se vislumbra la fascinación que la autora del diario, recogido en estas páginas por Alicia Giménez Bartlett, sentiría hacia su señora que cansada y tumbada esperaba en el sofá.

 «Era lo más hermoso que había visto en mi vida no como una mujer sino como un ángel».

Minutos más tarde, cuando Virginia concluye la reunión con las criadas, Nelly referiría la escena de un modo que llama especialmente la atención y que tal vez contenga la clave de la relación que se establecería entre ellas.

 «sonrió de una manera que se te partía el alma y creo que en ese momento yo ya empecé a quererla muchísimo».

Como todos los amores no correspondidos no sorprende, pues, que Nelly criticara a la señora o que le atribuyera intenciones, a menudo injustificadas, en un diario que llevaría motivada por el hecho de que Virginia Woolf escribiera el suyo.

 «si lo hace la señora, es algo bueno».

No tardaría, sin embargo, en comprender la diferencia entre ambas. La primera desavenencia entre señora y criada alude a la guerra y al cuñado de Nelly, herido en el campo de batalla. La reticencia de su jefa a la concesión de ausentarse unos días para visitar a su hermana y ayudarla con los niños mientras esta cuidaba del marido, hospitalizado, fue un golpe que Nelly apenas logró encajar.

Más tarde, intentaría colocar a su joven hermana Budge, madre soltera, pero con cierta experiencia que la acreditaba para el puesto de criada, en casa de Vanessa Bell, hermana de Virginia, con idénticos resultados, suceso que marcaría definitivamente las relaciones entre jefa y empleada. Tampoco ayudaría a mejorar la situación el hecho de que Lottie atribuyera el rechazo de la menor de las Boxall a que el hijo fuera ilegítimo. Para empeorar las cosas, Virginia envía una semana a Nelly con los Bell, a Charleston. Al parecer, en casa de Vanessa imperaba la suciedad y el desorden, hasta el punto de que la autora del diario agradece que fuera ella y no su hermana pequeña quien sirviera allí durante la temporada, experiencia que calificó de nefasta. Dadas las tensiones, podría parecer una venganza por parte de la señora, pero Virginia llegaría a creer que la experiencia sería positiva para la criada, por lo que llegó a concluir que Nelly, si dependiera de ella, cambiaría su puesto por el de servir a su hermana.

A pesar de las diferencias Nelly persigue agradar a su jefa. En cierta ocasión reprende a Lottie debido a su afición por las historias románticas, pues su señora las desaconseja por considerarlas pobres para el espíritu, y al igual que Virginia Woolf es atea, también muestra rechazo por la religión. El temor a que la identifique con su compañera se hace patente en más de una ocasión, aun considerando que las demandas de Lottie alusivas a las condiciones laborales actuaban en beneficio de las dos empleadas.

Del mismo modo sorprende la superioridad manifiesta por parte de Nelly respecto a otras mujeres de su clase social, o el hecho de que ella critique a los obreros por apoyar una huelga y que Virginia Woolf los defienda, así como el deprecio hacia su compañera, Lottie Hope.

 «la imbécil de Lottie tenía miedo de verla porque decía que a lo mejor se nos tiraba encima gritando para sacarnos los ojos» «(…) siempre tiene miedo de todo y ya me di cuenta de eso desde el primer momento en que nos conocimos, pero como nos hicimos amigas y ahora es mi amiga pues me aguanto y no le digo lo estúpida que me parece a veces».

El punto de vista más objetivo lo encontramos en otras criadas, amigas de la protagonista del presente diario, que ven desmesurado el trabajo a desempeñar por sus compañeras de oficio al compararlo con el de ellas, pues sus señoras llamaban a otras asistentas, que actuaban de auxiliares en la cocina, cuando celebraran una comida. En casa de los Woolf, sin embargo, las cenas se repetían casi a diario y los intelectuales que acudían a ellas eran suficientes como para que las dos criadas no dieran abasto. Las amigas de Lottie y de Nelly opinaban que su jefa no hacía bien cargándolas con el peso de los eventos, aunque Lottie defiende a su señora de tales aseveraciones cuando otros la juzgan. La misma Virginia rebate dichas protestas argumentando que en su casa no hay niños que atender, a diferencia de las otras casas.

Las relaciones entre la una y las otras son complejas y la razón no siempre se encuentra del mismo bando. Pero si hay algo reprobable en la conducta de Virginia Woolf hacia su criada es, desde mi punto de vista, cuando desanima a Nelly a establecer relaciones amorosas con Georges Hall. Es decir, Virginia actúa como esos jefes de la actualidad que indagan y controlan la vida sentimental y familiar de sus empleadas para asegurar que dependan de ellos. Cabe destacar que no es entonces cuando Nelly alza la voz, sino que la criada sigue el consejo de la escritora sin advertir la manipulación e identificándose con ella. Nelly decide no casarse con Georges Hall y Virginia, desde su posición acomodada, contesta que es una decisión inteligente, a pesar de que ella esté casada. Sólo más tarde, y después de comprobar que su jefa no la tenía en la estima que demandaba, concluiría:

Quizá si me casara sería una esclava, pero así también lo soy y ni siquiera la casa es mía.

Curiosamente, Es Lottie quien llama la atención de su compañera sobre este hecho, pero Nelly rechaza la idea de que su jefa la manipule para que no se marche, pues cree que podría encontrar a dos criadas en cualquier momento. Lejos de prestar oído a las observaciones de Hope, muestra mayor desprecio por la hospiciana.

Sin duda, la relación entre jefa y empleada es compleja, y aun siendo las dos mujeres queda constatado que el feminismo de Virginia Woolf es insuficiente para superar las diferencias entre las clases sociales, igual que tampoco contribuye a mejorar los lazos el rechazo que siente Nelly por su clase y condición.

Entrevista en Radio Granollers para el programa En sintonía

Ayer, 13 de mayo del 2019, el programa «En Sintonía» de Radio Granollers me entrevistó sobre «La tercera sala» (tapa blanda en Ediciones Atlantis y libro electrónico en Amazon). Estas son algunas de las fotos de la tarde que pasé frente a los micrófonos con Sergi Marraco y Hugo, en compañía de Sergio Bonavida Ponce y Feli García Bernal.

Entrevista en Ivoxx aquí.

El vuelo de las palomas

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Los discos compactos pendían de la cornisa del edificio. Por el reflejo de la luz diurna, devolvían destellos de colores, tenues, suficientes para alejar a las palomas del balcón en el que su mujer, a menudo y sin indicios de mostrar complejos, se atrincheraba dispuesta a defender, un hábito recién consolidado, trabado al mismo tiempo que los albañiles engarzaban los balaustres al terrado, donde las palomas hacían de la piedra su morada.

Los ojos del arco iris, pensó Julio anudando la cinta que introdujo por el orificio del disco, el penúltimo por colgar, a la balaustrada. Desconocía el verdadero uso de aquellas arandelas irisadas, más allá de la relación que establecía su hijo entre un disco compacto que sacara del bolsillo, durante sus tardes de visita, y algún cantante de moda o alguna melodía de otra época que Julio acompasaba con el pie, enmudecido por las cuerdas vocales de la nostalgia. En cualquier caso, puestos a espantar palomas, creía más acertada la solución casera de Andrés que la de instalar un ahuyentador con pinchos.

—Son tan infames las palomas —dijo forzando una carcajada.

—Verás la cara de mamá cuando vea esto —contestó Andrés al tiempo que pasaba la mano por el cabello—. Me dijo que trajera el ahuyentador hoy mismo.

—Así queda más decorativo. —Sacudió la mano en el aire hacia atrás, hacia los discos compactos, mirando al suelo.

—Le diré que lo he pedido por Internet y que me lo enviarán a casa.

—Muy bien, hijo. Sí, pídelo por Internet.

Andrés agachó la cabeza y rió para sí. Su padre era incorregible, parecía indicar su gesto.

—Llegará, papá. Ya te he explicado cómo funciona.

—Claro que sí. Internet es tan fiable como comprar en una ferretería imaginaria o en la de un sueño. Pero es una idea magnífica. Sí, cómpralo por internet, hijo.

—No lo traeré hasta dentro de dos semanas. Dudo que pueda venir antes, cosas del trabajo. Para entonces te habrás recuperado.

—Sólo necesito un par de días, Dios, no es tanto tiempo. En cuanto limpie el balcón tu madre se olvidará de las palomas. Bien hecho, hijo.

—Vale, pero recuerda que volveré con el ahuyentador. Encárgate tú de convencerla. Yo me lavo las manos.

Julio cogió el bastón apoyado en la pared y masculló algo imperceptible mientras tomaba el brazo de su hijo. Sin lugar a dudas, a juzgar por la incrédula sonrisa de Andrés, había nombrado al apóstol traidor más alto de lo que debió calcular, pero lejos de mostrar arrepentimiento o dar señales de disculpas continuó bajando la escalera cavilando sobre la moda de comprar por Internet, un hábito que empezaba a serle familiar y que despertaba en él desconfianza y cierta sensación de inutilidad en la que prefería no detenerse.  La solución propuesta por su hijo, sin embargo, le pareció aceptable, de modo que no volvería a pensar en el asunto, hasta que unos días más tarde y en una conversación telefónica, Andrés le explicaría que había reclamado el ahuyentador. Tan sólo pensar en aquel trámite, enemigo de la burocracia como era, reafirmaba su negativa a usar la red y a experimentar con todo aquello que la artritis de sus manos le impidiera palpar. Y en un esfuerzo por demostrarse a sí mismo que su rechazo a las nuevas tecnologías se basaba en una elección debidamente sopesada se imaginó solicitando por Internet las postales encontradas en las calles de los mercadillos ambulantes, o comprando en las librerías de segunda mano que frecuentaba. Incluso se figuró completando de igual modo su colección de sellos, sellos que flotaban en un cubo de agua y se despegaban de los sobres esperando uno a uno el rescate. Con lo sencillo que era comprar el ahuyentador en una ferretería, concluyó.

El segundo tramo de la escalera lo bajó con menor dificultad. Notaba cierta mejoría en la rodilla y fue directo, sin embargo, a la tumbona del balcón donde vio los discos ondearse y a su hijo dirigirse al cubo decidido a fregar el suelo. Ni borró Andrés las huellas de las aves salpicadas sobre el terrazo, ni él de su memoria, del pasado siglo, cuando paseaba con Elvira por la plaza Cataluña y, rodeados de palomas, su novia exclamaba que olían a mar. Él contestaba, inútilmente, que las trajeron de la montaña, de Montjuic, para la Exposición Internacional del año veintinueve.

—Cómo saltabas con las palomas —dijo alzando la cabeza y mirando a su hijo.

Andrés esbozó una sonrisa de medio lado. Su padre solía recurrir a las anécdotas campestres más inesperadas, incluso olvidadas por la familia, para amenizar una comida o una tarde de visitas, pero había perdido la costumbre en los dos últimos años, lo que sugería, en cierta manera, que su interés por las aves había desaparecido definitivamente. No había reparado, hasta que su madre le pidió comprar el ahuyentador con pinchos, en lo absorto que sus problemas personales lo habían mantenido. Julio le señaló el rincón de la terraza.

—Tráeme esa bolsa, la verde. Debajo de las blancas.

Andrés dejó la fregona y acercó la bolsa a su padre. Julio la abrió, hundió la mano, sacó un puñado de pienso y se acercó a la baranda del balcón con la garrota.

—Ésta siempre vuelve.

Por si no fuera poco, la paloma empezó a comer dando atisbos de una hospitalidad que le estaba vedada.

—Papá, mamá está a punto de llegar.

Andrés fue a la tumbona, tomó la bolsa y la ocultó en el rincón. Al agacharse para anudarla, sintió el deseo de meter la mano entre el trigo y la veza.

Así no harás nada. Recordó a su padre cuando le unía una mano a la otra, siendo muy niño, y le enseñaba cómo dar de comer a las palomas.

—Tienes que llenarte las manos de pienso.

—Sólo come esa, las otras son tontas. No se acercan, les da miedo.

—Tú sí que tienes miedo, pareces una paloma asustada. Por qué iban a acercarse, si no das nada de ti. Llénate las manos. Vacía la bolsa.

Y mientras lloraba, desconcertado por el modo en el que le hablaba su padre, veía a su madre sentada en el banco, y aunque ella le miraba, la sentía lejana, desconocida, por lo que más fuerte gritaba incapaz de contenerse, hasta que su padre, de cuclillas junto a él, giró la cabeza en dirección al banco, justo cuando ella volvía la cabeza buscando la carretera.

Oyó la puerta de la calle cerrarse. Sin duda, su madre había llegado, de modo que cerró la bolsa tan aprisa como pudo, buscó a su padre, apoyado en la tumbona, escondió la bolsa bajo las blancas y colocó encima el saco de arena destinada a las plantas. Antes de saludar a su madre se acercó a la baranda donde había comido la paloma. Y sí, suspiró entre dientes, estaba limpio. Entreabrió la boca sorprendido. Desde luego, los brazos de su padre parecían, mientras los alzaba y agitaba sin dirección, las ramas de un árbol crecido sobre las estériles semillas del histrionismo, y mientras llamaba a su mujer, desde el umbral de la puerta que daba al comedor y decidido a mostrarle los discos colgantes, Andrés se acercó a ella y la besó en las mejillas. Eso, disimula, se dijo mirando de reojo al árbol crecido e interponiéndose entre Elvira y las vistas al exterior, ocultando su parte en el asunto mediante un abrazo sentido a su madre, y agradecido a su padre, con sonrisa más amplia de lo conveniente, delatora, por su capacidad de atraer para sí las responsabilidades en los momentos familiares más espinosos. Pero el exceso de entusiasmo y los apretones de hombro entre ellos debió recordar a Elvira el negocio de souvenirs que Julio ideó al jubilarse, tapadera formidable para almacenar libremente toda clase de artilugio en la vitrina, a propósito instalada en una habitación que más tarde delimitaría sus dominios. La imagen de los dos ordenando la vitrina con las informes figuras halladas entre los residuos, en la fábrica de plásticos, sin duda, debió alertarla. Estaba sobradamente familiarizada con los gestos que acompañaban la culpa que padre e hijo intentaban repartirse sin acierto. Miró hacia la cornisa y vio los discos colgantes cuando, sin mediar palabra, dio media vuelta y fue al comedor seguida por su marido.

Andrés, todavía en el balcón, escuchó una breve discusión, demasiado breve, murmuró. Entró en el comedor, pero no vio a sus padres ni luz que iluminara la estancia. Sintió el frescor que la persiana bajada, los listones apiñados como un bosque sembrado de pinos, proporcionaba a la sala. Las llaves que su madre lanzó sobre la mesa se enredaban entre el ganchillo del tapete. Las desprendió, compuso el centro y arregló el florero. Debería explicarle que volveré en dos semanas a instalarle el ahuyentador, pensó, pero la situación le superaba. Ella se empeñaría en mostrarse enfadada, casi tanto como su padre fingiría que no pasaba nada. Deseoso de marcharse, en un intento por disimularlo y decidido a no empeorar la situación, se acercó al tocadiscos, junto a la estantería, pulsó el interruptor y colocó la aguja de modo que sonara. Es la historia de un amor como no. No. No era buena idea. Si sus padres no estaban para discos compactos tampoco lo estarían para vinilos, y él menos todavía. Apagó el tocadiscos sintiendo cierta ira o desasosiego, no estaba seguro, por el zarandeo del pasado. Es la historia de un amor, repitió en su mente al tiempo que sentía un calor negro en las mejillas. Cómo pudo imaginar, sin embargo, que ése era el disco que sonaría, cómo pudo haber previsto, cuando Marta decidió comprarlo y regalarlo a sus padres, para las bodas de plata, que apenas unos meses más tarde acordarían los detalles de la separación. Sí, demasiado atrás quedaban aquellos años como para detenerse en ello ahora, aunque no tanto los días de su divorcio. Él estaba bien, Marta estaba bien, eran felices. Suficiente. Su padre, de haberle explicado sus esfuerzos, después de escuchar la canción, por regularse a la temperatura de la realidad presente, le hubiera hablado de la fuerza de ánimo con la que empujaba el segundo milenio, una fuerza incontenible que lo había cambiado todo, una explicación como cualquier otra para evadir cuestiones sentimentales que le afectaban a él, sin la menor duda, pero qué otra cosa podía decirle. Le constaba que, desde muy niño, las discusiones entre sus padres habían sido frecuentes, incluso en las tardes de aparente calma, de paseos junto a mares aterciopelados, supieron mantener el equilibrio sobre los aledaños espumosos de la discordia. Lo suyo con Marta, en cualquier caso, había sido diferente, solía repetirse llegado a este punto buscando la calma que requería abordar el asunto, ya que ellos ni siquiera discutían. Quién podía decir, sin miedo a equivocarse, que tomó la decisión correcta en lo referente a su relación. Tampoco su padre pudo hacerlo entonces y tal vez fuera ese el motivo por el que se cubrió con el sagrado lienzo del silencio cuando supo la noticia de la separación. Nunca lo sabría.

Miró el reloj y al tiempo que se acercaba a la habitación de Julio lo imaginó tras la puerta sentado frente a la máquina de escribir. Tengo que comprarle un ordenador, pensó. Es hora de modernizarlo.

Dos semanas más tarde, Andrés volvió de visita con el ahuyentador, con los pinchos desfigurándole el semblante. Se debatía entre subirlo con él o dejarlo en el coche hasta que su madre sacara el tema. Se decantó por lo primero, por la idea original. Las dudas, en cuanto al panorama que encontraría, se disiparon en cuanto Elvira abrió la puerta y lo abrazó. Habían pasado dos semanas desde la última vez que se vieron.

Durante la comida, creyó extraño que su madre abordara la cuestión del ahuyentador en cierto tono irónico, pues era impropio de ella sacar a relucir temas escabrosos con el plato humeante aún sobre la mesa. La rodilla de su padre se había curado, de modo que las plumas y excrementos de palomas habían desaparecido del balcón. Cualquier mínima queja sobre la limpieza del terrazo sobraría. No obstante, nada más acabar el postre, con menos tregua de la esperada, padre e hijo subieron al terrado, con el ahuyentador de palomas uno y la caja de herramientas el otro, alentados por Elvira.

Su hijo se movía de un extremo a otro recorriendo la baranda con el espantapájaros en la mano mientras su marido permanecía apoyado a la espera de que Andrés empezara. Ella miraba desde la puerta que abría el terrado. Mejor que muera él primero, llegó a pensar en otro tiempo, cuando temía que no pudiera arreglárselas sin ella, pero, ahora, a la edad de no saber qué resultaba más penoso, si mirar hacia atrás o hacia delante, los dos se necesitaban.

Elvira se acercó a Julio, le quitó el martillo de las manos y miró más allá de la baranda, al balcón.

—Nunca ha estado tan limpio como ahora.

Sant Jordi 2019

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23 de abril, día de Sant Jordi, de rosas y libros, fue un día inolvidable.
A primera hora de la mañana estuve en Torredembarra y pude conocer al fin a los escritores locales, con los que compartí carpa y muchas historias. Tuvimos la oportunidad de dar a conocer nuestra obra tanto por la radio, instalada a unos metros de nosotros, como por una de las televisiones locales que se acercó amablemente a entrevistarnos.

Pasado el medio día, «La tercera sala» compartió mesa con los libros que el Aula de Escritores exponía en la plaza de la Revolución en un ambiente festivo, inmejorable.

A Partir de las 18:30 Sergio Bonavida Ponce y yo nos reunimos con el grupo «Letraheridos» con quienes compartimos mesa, las experiencias del día, el cariño, las letras y las ganas de siempre.

Afortunadamente acabamos tan agotados que nos fuimos a casa.
Muchas gracias a todos los que vinisteis, a los que llamasteis y a los que de algún modo apoyáis.

No se lo cuentes a nadie

2019-04-20-No se lo cuentes a nadie (Cristina Peri Rossi y Esmeralda Bellver)

Editorial: Demipage
Páginas: 372
Fecha publicación: Septiembre 2011

Abordar el género epistolar, divisa indiscutible de una época pasada y medios de comunicación más rudimentarios, podría parecer a día de hoy una labor arriesgada. Los amantes de este género, sin embargo, y quienes rememoramos con añoranza el hormigueo en el ánimo, ante la expectativa de recibir las letras manuscritas de algún primo lejano, no lo pensamos dos veces cuando descubrimos la existencia de este libro.

Abrí la primera página de la obra con la curiosidad suscitada por una correspondencia escrita expresamente para ser leída por un público general, expectante, igual que cuando corríamos al buzón y distinguíamos en la oquedad la irregular caligrafía sobre el triángulo reservado para la dirección del remitente, confirmación inequívoca de que habíamos recibido, por fin, la ansiada carta.

Pero no tardé en salir de dudas respecto a la autenticidad de los sentimientos plasmados por las diez autoras del presente epistolario. En las primeras páginas, encontré la correspondencia entre Cristina Peri Rossi y Diana Patricia Decker, y, a mi parecer, tal vez se trate de la intervención más atrayente del libro por el encantador estilo poético de la primera, por el desgarro expresado cuando habla sobre el amor, el dolor que en ocasiones provoca, o cuando habla sobre soledades, continuas muestras de honestidad que mueven al lector a proseguir, a quedarse con aquel que mientras escribe parece haberlo jugado todo a una carta.

Liliana Heber y Elena Bossi toman el relevo a las autoras precedentes y, a estas alturas, no tardamos en descubrir que el género epistolar, apenas difiere del diario íntimo en cuanto a franqueza en la expresión de sentimientos.

Isabel Núñez y Elena Vilallonga son las encargadas de hacer patente, debido a la altura del libro en la que nos encontramos, que la correspondencia se ha producido. durante un año y con cartas de tinta y papel.

Esmeralda Berbel, artífice de la obra, y Lidia Zimmermann sorprenden con el reproche que la primera lanza a su interlocutora debido a un asunto que afectó a ambas en un momento de sus vidas. Y digo sorprendente porque, hasta el momento, el tono general de la obra se ha mantenido cordial entre las participantes. Reconozco que al principio me pareció fuera de lugar por la ruptura que supone en la armonía del libro, pero la sensación, al final de la correspondencia entre ellas, transmite la sensación de reconciliación, de honestidad, aunque ignoro cómo debió sentarle a la cineasta, en la vida real (si es que la literatura no forma parte de la vida real), que su amiga tratara públicamente una cuestión que sólo a ellas atañía.

Clausuran esta historia hilvanada de opiniones, sentimientos e inquietudes Alejandra Costamagna y Andrea Palet. Ambas hacen gala de una frescura propia de la inmediatez y que recuerda más al correo electrónico que a la carta manuscrita.

Es un libro que me ha gustado y sorprendido de igual modo, y que se constata que epistolarios y diarios íntimos quedan estrechamente ligados, pues, aunque difiera el interlocutor, los dos géneros se escriben en la más absoluta intimidad y a pulmón abierto.